Rosquillas con sabor a infancia.
Un viaje a la cocina de la abuela. Cuando era niña, cada verano como ya he contado en alguna ocasión, pasaba algunos días con mi abuela paterna en una pequeña aldea de la Baixa Limia. Había una tradición que marcaba las tardes anteriores a la fiesta; las rosquillas de la abuela Remedios. Recuerdo cómo la cocina se llenaba de aromas dulces y del chisporroteo del aceite caliente. La abuela, con su bata cruzada de cuadros, me dejaba formar las rosquillas con mis manos torpes. Siempre decía: "La masa tiene que sentirse, no solo hacerse". Yo no entendía del todo, pero me fascinaba cómo de una simple mezcla de harina, huevos y anís nacía algo tan mágico. Las rosquillas no eran solo un postre: eran el centro de las meriendas compartidas en el Santo, (Capilla, donde se celebra la fiesta) el premio por ayudar y el símbolo de que la familia estaba reunida. Cada mordisco era un abrazo, cada azúcar espolvoreado era una chispa de alegría. Hoy, cada vez que preparo rosquillas...






